15/11/2010

Trapocista

Rosamunda se pasea por el borde de una cuerda. La ropa se bambolea para allá, para allá. Si no se volvía a equivocar tenía pensado ir al chino, comprar atún, queso crema, un vino decente y un pote de helado de banana split –aunque, ¿venderían eso en el chino de la vuelta?- y después estarse todo el día así, como ya casi lo estaba disfrutando, de cara al sol y descalza. Baldearía la terraza con Sinatra de fondo y tal vez algo de Luis Miguel (y se amigaría finalmente con los boleros pegajosos). Sí, con ese día espectacular que se podía oler –el jazmín del país la hacía estornudar, pero valía la pena hasta la médula– habría agua en los baldes y en el suelo, enchastrando las plantas, formando un barro que la haría pintora de baldosas por un rato y después otra vez ella, Rosamunda, con ese enorme nombre a cuestas que lo repetiría al recibir el gran premio de no sabía qué todavía, pero que la haría Rosamunda, ahí va la Rosamunda, yo te dije que iría lejos, quién lo hubiera dicho, en realidad siempre lo supimos, sí, así sería. Y el vestido floreado que se pondría andaba flameándose por los aires, goteando y de oferta.
Ella lo resucitaría. Es una maga certera, intuye, sólo que hizo demasiado de Cassandra que ahora musita “no lo digas”. Y sonríe mientras se pasea desnuda y coloreada.