al Gurucháin.
Hubiera estado en Bolivia aquella tarde. Cortázar tuvo un hermano. Y nunca lo vio. Y nunca lo conoció en realidad. En un baño argelino, él lloró la muerte del Che. Con más intimidad en París. Era ese hermano que se le piantaba y ahora qué.
Silencio nomás.
Al escritor la escritura le parecía la más banal de las artes. Al escritor se le había ido en un velero su compañero de viaje. ¿No hay razas de caballeros y damas andantes en verdad? ¿No te abre el camino, acaso, un hermano mayor? Es por acá, muchachito. Cortázar y sus pasos por ahí después de ese télex irreversible.
¿Cómo habrían sido aquellas cincuenta palabras para Cuba que se negó a publicar? Su hermano se iba por los montes mientras él dormía. No, no se vieron nunca. ¡Pero no importaba! Dijo que le tomó su voz, libre como el agua, que caminó de a ratos por su sombra. Que le mostró, detrás de la noche, su estrella elegida.
Así fue. Así nomás fue. Y lo otro: ¡No importaba!